Simbad el Marino

Hoy vamos a presentarte la que probablemente es la obra más conocida y más antiguas cuyor orígenes datan del siglo XXIII aC y es que pocas obras han sido tan adaptadas durante tanto tiempo como este cuento de  Simbad el Marino corto que hoy te resumimos en Frases.Top para que puedas disfrutar con los niños de los siete viajes con Simbad y todos sus personajes. ¡Comencemos!

RESUMEN DE CONTENIDOS (Puedes hacer clic en las imágenes para bajar directamente hasta la sección que elijas)

Cuento de Simbad El Marino Corto
Primer Viaje de Simbad El Marino
Segundo Viaje de Simbad El Marino
Tercer Viaje de Simbad El Marino
Cuarto Viaje de Simbad El Marino
Quinto Viaje de Simbad El Marino
Sexto Viaje de Simbad El Marino
Septimo Viaje de Simbad El Marino

Cuento de Simbad El Marino Corto

Título en Español: Simbad el Marino
Género: Cuentos Clásicos
Autor: Desconocido (traducido por René Khawam)
Fecha de Publicación: siglo XXIII a.C.

Había una vez un hombre muy pobre llamado Simbad el Cargador, vivía en Bagdad y se ganaba la vida cargando pesados fardos para los mercaderes. Un día, agotado por el calor, decidió descansar de la gran carga que llevaba sobre si y tomó asiento a la sombra de una casa muy lujosa.

Desde las ventanas de esta enorme mansión escapaban el dulce aroma de los alimentos y las melodías más hermosas que alguna vez había escuchado. El joven no conocía esta parte de la ciudad, por lo que sintió mucha curiosidad, quería saber quién era el dueño de tan lujoso hogar.

Entonces vio un sirviente que se encontraba barriendo frente a la puerta, se acercó a él y le preguntó sobre el dueño de la casa. El sirviente respondió:

—Simbad el Marino, el viajero más famoso de todos

El joven se sorprendió, había escuchado hablar del gran Simbad el Marino, de sus riquezas y de sus maravillosas aventuras.

—¡Es rico! Definitivamente es tan feliz como yo soy infeliz —protestó a viva voz.

Sus quejas fueron escuchadas por Simbad el Marino, quien envió a uno de sus sirvientes a buscarlo y a otro a encargarse de la encomienda del joven. Simbad el Cargador no tenía excusa alguna y debió presentarse ante el hombre rico. Ingresó a la casa y se maravilló ante su decoración, mucho más fina y elegante que la de su exterior.


Simbad el Cargador encontró a Simbad el Marino sentado a la cabecera de una mesa, rodeado de personas. Era un hombre anciano, pero sonreía con amabilidad. Ofreció al joven algo de comida y le preguntó su nombre y su profesión:

—Mi nombre, gran señor, es Simbad el Cargador, solo soy un pobre mandadero.

—Simbad el Cargador, escuché tus quejas y envié a mis sirvientes a buscarte para confesarte que yo adquirí todas mis riquezas luego de sufrir grandes desventuras y haber superado peligros imposibles de imaginar. Mis penas fueron tan grandes que ni siquiera la promesa de todo el oro del mundo animaría a cualquier aventurero a enfrentarlas. Si quieres, te las contaré.

La idea de escuchar la historia de Simbad el Marino fue bien recibida por los invitados, así que se repantigaron en sus cojines y se dispusieron a escuchar las historias de este mítico personaje. Cuando todos estuvieron listos, Simbad empezó su relato.

Cuento de Simbad el Marino

El Primer Viaje

Mi padre murió cuando yo era un muchacho y me legó una gran fortuna. Como no tenía a nadie que cuidara de mí, empecé a gastar el dinero sin control alguno. Malgasté mi tiempo y mis riquezas y dañé mi salud. Cuando caí enfermo mis amigos de fiesta me abandonaron y en la soledad de mis aposentos tuve la oportunidad de meditar sobre mis errores. Cuando recuperé la salud, junté el poco dinero que me quedaba, compré mercancía, un pequeño barco, contraté tripulantes y me embarqué en el puerto de Basora.

Durante el viaje visitamos numerosas islas, conocimos muchas personas diferentes y tuvimos oportunidad de comerciar e intercambiar productos y mercancías. Un día nos detuvimos ante una isla muy pequeña y muy bonita. Los árboles que tenía brindaban una sombra deliciosa, así que desembarcamos y decidimos almorzar en ella

Entonces, cuando encendimos la fogata para preparar los alimentos, la isla empezó a moverse y quienes se quedaron en el barco empezaron a gritar. Tarde nos dimos cuenta que no era una isla, sino el lomo de una gigantesca ballena. Había dormido durante tanto tiempo que los árboles y la arena se habían acumulado en su lomo.

Algunos lograron llegar a nado hasta el barco, pero antes que yo pudiera saltar, el animal se sumergió en el océano y solo pude sujetarme de la tabla de madera que usábamos como mesa. Sobre ella vi como mi barco se alejaba a toda prisa. Traté de alcanzarlos, pero fui arrastrado por la corriente. Al caer la tarde, estalló una tormenta y terminé a la deriva durante dos días. Por suerte, al amanecer del tercer día, una ola me arrojó hacia una isla pequeña y pintoresca.

En sus tierras encontré agua fresca y frutas, comí y bebí hasta saciarme y encontré una cueva, allí dormí durante muchas horas. Al despertar me dispuse a investigar mis alrededores y no encontré ni una persona, solo había muchísimos caballos pastando juntos en las praderas. Cuando cayó la noche comí algo de fruta y subí a un árbol para dormir.

A la medianoche escuché el sonido de trompetas y tambores, no cesaron hasta el amanecer, pero nadie parecía tocarlos, pues al amanecer la isla seguía como antes, habitada solo por caballos salvajes. Miré a mi alrededor, pero no había tierras cercanas y en la playa peligrosos escorpiones y serpientes se deslizaban en la arena, por suerte, eran asustadizos y corrían al escuchar algún ruido. No pude evitar darme por perdido.

Al caer la noche volví a mi árbol y de nuevo escuché el sonido de los tambores y las trompetas ¡pero no había nadie! Solo al tercer día tuve la alegría de encontrarme con un grupo de hombres que montaban a caballo. Al verme, se sorprendieron y descabalgaron y luego de contarles la historia, me explicaron quienes eran:

—Somos los caballerizos del Sultán Mihraj —dijeron—. Esta isla pertenece al genio Delial, quien la visita todas las noches para tocar sus tambores y trompetas. El genio dio permiso al Sultán para que amaestrara a los caballos de la isla. Esa es nuestra labor, cada seis meses venimos a la isla y elegimos algunos caballos para el Sultán.

Los caballerizos me llevaron ante el Sultán y él me dio refugio en su palacio. Le gustaba que le contara historias sobre las costumbres y vidas de las personas que vivían en otras tierras, así que pronto me convertí en su inquilino favorito.

Un día vi a sus hombres cargar un barco en el puerto y noté que la mercancía era mía. Me dirigí al capitán del barco:

—Capitán, yo soy Simbad. Esa es mi mercancía.

El hombre siguió caminando y respondió:

—Por supuesto, esta mercancía pertenece a Simbad, pero la tripulación y yo lo vimos ser tragado por el mar hace mucho tiempo.

Por suerte el resto de los tripulantes me reconocieron y luego de felicitarme por mi gran suerte, el capitán me regresó la mercancía.

De entre mis objetos de valor encontré un regalo digno para el Sultán, este lo recibió de buen grado y me recompensó con muchísimas monedas de oro. Compre mercancía en la isla y regresamos a Basora. En el puerto vendí el barco y la mercancía, hice una gran fortuna y pese a mi experiencia anterior, volví a caer en los vicios de la comodidad, los juegos y la vida fácil.

Simbad el Marino interrumpió su relato y entregó a Simbad el Cargador un centenar de monedas de oro.

—Te daré más si regresas al día siguiente para escuchar las aventuras de mi segundo viaje.

El joven recibió las monedas de buen grado, compró carne y ropa, cenó espléndidamente en su humilde hogar y regresó a la mansión de Simbad para escuchar sus historias.

El marino recibió al joven de buen grado y continuó con sus historias:

el primer viaje

El Segundo Viaje

Muy pronto me cansé de vivir en paz en Basora, por lo que compré más mercancía, un nuevo barco y me hice al mar con otros comerciantes. Visitamos varios puertos y desembarcamos un día en una isla solitaria. Había bebido y comido en grandes cantidades, así que busqué un buen lugar para descansar y me quedé dormido.

Cuando desperté descubrí que mis amigos habían abandonado la isla y que mi barco se había marchado. Me sentí abrumado y aterrado, pero conforme pasó el tiempo acepté mi destino y perdí el miedo.

Subí a un árbol y en la distancia encontré una figura voluminosa y blanca. Bajé del árbol y corrí hacia el objeto. Cuando estuve cerca descubrí que era una bola de un metro y cuarto de diámetro, suave como la seda y sin ningún tipo de abertura.

Era casi el atardecer cuando el cielo se oscureció, miré hacia el cielo y me encontré con un pájaro gigantesco que avanzaba hacia mí. Recordé que había escuchado historias sobre un ave llamada Roc, un animal tan grande que podía atrapar elefantes pequeños.

Me di cuenta que el gran objeto blanco era el huevo de Roc. Me escondí detrás del huevo de tal forma que una de las patas del ave quedó junto a mi. Sus dedos eran tan gruesos como el tronco de un árbol, por lo que me até a ella con la tela de mi turbante. Al amanecer el pájaro echó a volar y me sacó de la isla. Voló tan alto que no podía ver la tierra y descendió a tal velocidad que me desmayé. Cuando desperté me encontré en tierra firme, Roc daba buena cuenta de una serpiente gigantesca así que aproveché la oportunidad para desatar el turbante y escapar.

Corrí hasta llegar a un valle profundo, sus paredes eran muy escarpadas para ser escaladas, estaba atrapado. En mi desesperación casi pasé por alto que el valle estaba cubierto de diamantes de gran tamaño y hermosura. Justo cuando me incliné a tomar alguno, descubrí algo horrible: Había agujeros en la tierra y en ellos acechaban serpientes gigantes.

Al caer la noche me escondí en una cueva y cerré su entrada con rocas, pero los silbidos de las serpientes me mantuvieron despierto. Cuando amaneció las serpientes regresaron a sus agujeros y yo salí de la cueva. Caminé muchos kilómetros para alejarme de aquel nido de serpientes y por fin pude dormir.

Desperté porque un enorme trozo de carne cayó sobre mí. Observé que caían muchos más y recordé que los comerciantes arrojaban carne al Valle de los Diamantes para que las águilas la recogieran y así poder atrapar los pocos diamantes que se quedaban pegados a la carne.

Me apresuré a llenar una bolsa con diamantes y até a mi cintura un trozo de carne. En pocos minutos un águila me atrapó y me llevó hasta su nido. Los comerciantes la seguían de cerca, la asustaron y se sorprendieron al verme atado a la carne. Fui rescatado y les mostré mis diamantes:

—Nunca habíamos visto diamantes tan hermosos y grandes como los tuyos —dijeron los mercaderes.

Junté mis diamantes con los suyos, abandonamos el lugar y nos dirigimos al puerto. Allí tomamos un barco hacia Roha, una isla cercana. En el bazar vendí mis diamantes, compré mercancía, regresé a Basora y luego me dirigí a Bagdad, donde viví como un hombre rico gracias a las ganancias de mi viaje.

Finalizada la historia, el viejo Simbad entregó al cargador 100 monedas más y le pidió que regresara al día siguiente. Siempre puntual, Simbad el Cargador regresó para escuchar la nueva historia.

el segundo viaje

El Tercer Viaje

Como no me agradaba vivir en tanta paz, decidí embarcarme en un tercer viaje. Compré mercancías de Egipto, compré un nuevo barco en Basora y me hice a la mar. Luego de algunas semanas de viaje enfrentamos una terrible tormenta que nos obligó a echar el ancla en una isla que provocaba miedo al capitán.

—Esta isla y las demás están habitadas por feroces enanos peludos, si nos quedamos demasiado tiempo nos atacarán —explicó.

Antes que terminara de explicarse escuchamos pequeños pasos y descubrimos que una gran cantidad de esos enanos salvajes, de unos sesenta centímetros de alto, habían abordado nuestro barco. Su ataque fue tan sorpresivo que no pudimos detenernos, pronto derribaron las velas, cortaron los cabos, llevaron el barco a tierra y nos obligaron a ir al centro de la isla.

En aquel lugar se alzaba un edificio, un palacio increíble con una gran puerta de ébano que debimos empujar para abrir. Exploramos sus salas y habitaciones y encontramos huesos humanos y restos de asados.

En ese momento apareció un gigante de color negro y un solo ojo, rojo como las brasas, en su frente. Sus dientes eran afilados y sus uñas grandes y feroces como las garras de un pájaro. Me atrapó y me examinó, como vio que solo era piel y huesos me dejó en el suelo y atrapó al capitán, quien era el más gordo de todos.

Lo devoró ante nosotros y se marchó. Aprovechamos la soledad para urdir un plan, construiríamos botes en la playa y huiríamos antes del anochecer. Así lo hicimos, pero como no contábamos con herramientas tardamos demasiado y pronto la noche cayó de nuevo, el gigante nos atrapó en su palacio, devoró a otro marinero y se echó a dormir.

Estábamos tan desesperados que tomamos los atizadores, los calentamos al rojo vivo en el fuego y los clavamos a la vez en el ojo del gigante. Este dio un gran alarido y huyó del palacio. Aprovechamos nuestra ventaja para continuar trabajando en los botes. Al amanecer izamos las velas y nos dispusimos a huir.

Fue entonces cuando divisamos al gigante ciego, venía acompañado de otros dos, quienes al ver que escapábamos corrieron al mar y empezaron a arrojarnos rocas con mucha fuerza. Tal fue su ataque que hundieron todos los botes menos el mío. Solo sobrevivimos tres, remamos todo el día para alejarnos de los gigantes.

Permanecimos dos días en el mar, pronto encontramos una isla muy bonita en la cual descansar de nuestra aventura. Comimos frutas y nos acostamos a dormir.

Despertamos al escuchar el espantoso silbido de una serpiente. Uno de mis compañeros fue devorado. Corrí a toda prisa y subí hasta las ramas más altas de un árbol, mi otro compañero no tuvo tanta suerte, no alcanzó las ramas más altas y la serpiente lo atrapó. Luego de engullirlo, bajó del árbol y se alejó.

Esperé hasta el día siguiente y reuní zarzas y espinos. Cubrí el tronco del árbol y el suelo a su alrededor con estas plantas. Busqué refugio en las ramas altas, desde donde observé como la serpiente trataba de acercarse, pero era repelida por las espinas. Al llegar el amanecer, se dio por vencida y se alejó.

El sol del día me acaloró y ya pensaba arrojarme al mar cuando divisé un barco. Con mi turbante hice na bandera y la agité hasta ser visto por los marineros. Fui rescatado y conté mi historia.

El capitán fue muy amable y me dijo que había algunas mercancías que pertenecían a un comerciante que habían dejado abandonado en una isla sin querer y que ahora debía de estar muerto. Me dijo que si lograba venderlas parte del dinero sería mío.

—Pero Capitán, soy Simbad, el hombre que abandonaron en la isla, a quien creían perdido y muerto —expliqué al reconocer mis mercancías.

—¡Que alegría! Entonces esas mercancías son tuyas. Bienvenido a bordo, Simbad.

Continué mi viaje junto a ellos, vendí mi mercancía, hice una gran fortuna y regresé a Bagdad. En mi ciudad repartí parte de mi fortuna entre los huérfanos y las viudas, quería que disfrutaran de los alimentos y olvidaran sus penas como acción de gracias a Dios por preservar mi vida.

Al finalizar el relato, Simbad el Marino entregó otras 100 monedas a Simbad el Cargador y este prometió regresar al día siguiente para disfrutar de otra historia:

el tercer viaje

El Cuarto Viaje

Creerás que luego de tan terribles aventuras mi afición de viajar por países extraños habría terminado, pero no fue así. Pronto deseé viajar de nuevo, estaba aburrido de los placeres del hogar y la ciudad, por lo que puse todo en orden y marché a Persia. En ese lugar compré mercancía, cargué un barco y me hice a la mar por cuarta vez.

Zarpamos y cuando nos encontrábamos en altamar chocamos contra una roca. El barco naufragó y perdimos el cargamento. La corriente me arrastró junto a otros viajeros hacia una isla habitada por tribus de negros salvajes.

Ellos nos condujeron a sus chozas y nos ofrecieron hierbas para comer. Mis compañeros estaban hambrientos y las aceptaron de buena gana, yo me sentía muy enfermo, así que las rechacé.

Pronto descubrí que aquellas hierbas tenían un extraño efecto, hacían perder la razón a mis amigos, los locales la llamaban “la mata que mata”. Luego, los negros nos ofrecieron arroz mezclado con aceite de coco, mis amigos aceptaron y comieron en gran cantidad sin saber que este era el relleno más apreciado por los caníbales. Pronto los mataron y asaron, yo salvé la vida porque estaba demasiado enfermo y no deseaban comerme en ese estado.

Los caníbales me dejaron al cuidado de un anciano, recuperé la salud muy pronto y antes que lo notaran y me devoraran, escapé. Corrí en dirección contraria a la aldea de los negros y no me detuve hasta el anochecer del día siguiente. Caminé durante siete días y encontré la playa, allí divisé un asentamiento de personas blancas.

Conté la historia de mi naufragio y de mi escape de la tribu de caníbales. Me trataron con amabilidad y me presentaron a su rey, quien fue amable y generoso conmigo.

Un día vi que el rey y sus nobles iban de caza en caballos sin riendas ni sillas de montar, al parecer nunca habían escuchado hablar de tales artilugios. Con la ayuda de los artesanos hice unas bridas y una montura para el rey, este quedó tan maravillado que subió al caballo y cabalgó durante todo el día. Pronto todos los nobles me pidieron sillas, riendas y bridas y me dieron costosos regalos a cambio, en unos días pasé de vivir de la solidaridad del rey a ser muy rico.

Había ganado el favor del rey, por lo que me ofreció la mano de una mujer noble de su nación en matrimonio. No pude rehusar su petición y pronto me casé con una joven rica, hermosa y muy amable. Vivimos felices en su palacio durante mucho tiempo.

Durante ese tiempo hice amistad con un noble, lo consideraba un gran amigo. Un día me enteré de la muerte de su esposa y corrí a darle mi pésame. Nos quedamos a solas y parecía muy angustiado, le hablé sobre lo inútil de su pena y que era necesario que se recuperara, pues tenía mucha vida por delante.

—No lo sabes ¿verdad? En esta tierra es costumbre que el marido sea enterrado vivo con su esposa muerta. En una hora moriré.

Temblé de miedo al escuchar tal explicación, pero me quedé a su lado. Durante aquella hora vistieron a su mujer con las joyas y trajes más costosos, la colocaron en un ataúd y la condujeron hacia su última morada.

Seguí a mi amigo y al cortejo fúnebre hasta la cumbre de una gigantesca montaña, allí los asistentes removieron una gran roca que cubría un pozo profundo. Bajaron el ataúd de la mujer. El marido se despidió de todos sus amigos y fue colocado en otro féretro con un cántaro de agua y siete panes. Su ataúd fue deslizado al fondo del pozo, luego, colocaron la gran roca en su lugar y todos retornamos a nuestros hogares.

Tal escena marcó mi mente y cuando mi esposa cayó enferma y murió el rey la corte dictaminaron que debía seguir la costumbre local. Oculté mi miedo durante todo el cortejo, pero cuando fue mi turno de acostarme en mi féretro, me arroje a los pies del rey y le pedí que perdonara mi vida.

Fue inútil, me obligaron a entrar al féretro, me dieron el cántaro con agua y los panes y me depositaron junto a mi esposa en el fondo del pozo. Nadie prestó atención a mis gritos y alaridos. Con el tiempo recuperé la calma y sobreviví durante días con el pan y el agua que me habían dejado.

Cuando mis provisiones se acabaron caminé de un extremo a otro de la cueva y me acosté para morir.

Me encontraba deseando que la muerte llegara pronto cuando escuché un sonido muy curioso: pasos y jadeos. Me levanté de golpe y aquella criatura jadeó aún más y sus pasos se alejaron de mí. Si aquella criatura podía escapar y entrar a la cueva significaba que había una salida. La perseguí y encontré nuevos caminos en la cueva, avancé hasta encontrar una luz débil al final. Persistí en mi avance y encontré un agujero lo suficientemente ancho como para escapar.

Encontré la playa a un par de pasos. Descubrí entonces que la criatura que había perseguido era un monstruo marino que entraba a la cueva y consumía los cadáveres. Evalué mi entorno, la montaña me mantenía a salvo de los habitantes de la ciudad, así que dediqué el tiempo a pescar algunos mariscos y recuperar las fuerzas.

Regresé a la cueva y reuní todas las joyas que se acumulaban en ella, una vez me hice con todas las que podía cargar, las llevé conmigo hasta la playa, allí permanecí a la espera de algún barco. Después de unos días un velero cruzó mi camino, le hice señas y me llevaron a bordo.

Mentí y aseguré que era un mercader naufrago, pues el capitán era del reino del cual había escapado. Fui aceptado y viajamos entre varias islas, al llegar al puerto de Kela encontré un barco que se dirigía a Basora. Pagué al capitán con algunas joyas y regresé a casa, ahora era más rico que antes, pero había sobrevivido a una experiencia terrible.

Simbad el marino entregó al cargador las 100 monedas acostumbradas y dio por finalizada la historia del día.

el cuarto viaje

El Quinto Viaje

Permanecí un tiempo en Bagdad y olvidé los peligros que enfrenté en mis viajes, así que construí un nuevo barco, lo cargué de mercancías y junto a otros comerciantes, regresé al mar.

Nos extraviamos debido a una tormenta y desembarcamos en una isla para buscar agua. En ella encontramos un huevo de pájaro Roc. Mis compañeros tenían hambre e hicieron oídos sordos de mis consejos. Lo rompieron con sus hachas, extrajeron al polluelo y lo cocinaron.

No habían terminado de consumirlo cuando dos enormes pájaros se acercaron a nosotros. Corrimos al barco y levamos el ancla. No habíamos avanzado mucho cuando una de las aves dejó caer una piedra enorme en el mar, justo junto al barco. La otra arrojó una piedra similar que cayó en medio de la cubierta. Como era de esperar, nuestro barco se hundió.

Me sujeté a un trozo de madera y me dejé llevar por la corriente y la marea, fue así como llegué a una isla con una orilla escarpada. Bordeé los acantilados y encontré tierra. Consumí fruta y agua y recuperé las fuerzas.

Exploré aquella isla y solo me topé con un débil anciano que descansaba en la ribera del río.

—Buen hombre, ¿cómo has llegado hasta aquí? —pregunté.

El hombre solo me respondió con señas. Me indicó que lo trasladara al otro lado del arroyo para comer frutas. Lo cargué en mi espalda y le ayudé a cruzar. Al llegar al otro lado no bajó, sino que apretó sus brazos con tanta fuerza alrededor de mi garganta que temí por mi vida.

Asustado y lleno de dolor, me desmayé. Cuando recuperé la conciencia aún seguía en mi espalda. Me obligó a levantarme y a cargar con él mientras recogía fruta de los árboles. Sufrí este suplicio durante muchos días. El anciano nunca se bajaba de mi espalda y no podía escapar.

Un día encontré una calabaza, la limpié y exprimí en su interior el jugo de varias uvas. Dejé que fermentara durante varios días hasta obtener un vino delicioso. Bebí de él para olvidar mis sufrimientos y empecé a cantar. El anciano al verme tan feliz me obligó a darle de beber. Como el sabor del vino le gustó bebió hasta perder el sentido y cayó de mis hombros con tan mala suerte que rodó hasta caer al fondo de un precipicio.

Corrí a la playa y encontré la tripulación de un barco. Me explicaron que habían estado bajo el poder del Viejo del Mar y que era el primero que lograba escapar de su poder. Embarcamos y navegamos juntos. Al llegar a una isla el capitán me presentó con un grupo de personas cuya labor era recolectar cocos.

Nos enseñaron a arrojar piedras a los monos que estaban en la cima de los cocoteros. Los animales nos respondían arrojándonos cocos desde las altas copas de los árboles. Una vez que recolectamos una gran cantidad la llevamos con nosotros y regresamos a tierra firme.

Vendí los cocos y logré reunir el dinero suficiente para regresar a mi hogar.

Tal y como había ocurrido en los días anteriores, Simbad el Marino dio una bolsa con cien monedas al cargador a cambio de la promesa de regresar a escuchar otra de sus historias. El joven así lo prometió.

el quinto viaje

El Sexto Viaje

Descansé durante un año y estuve preparado para viajar de nuevo. Esta nueva travesía resultó larga y llena de peligros. El piloto perdió el rumbo y aseguró que nos dirigíamos a unas peligrosas rocas que nos harían naufragar. No pudimos evitar el impacto y naufragamos, por suerte logramos recuperar algunos alimentos y las mercancías.

La corriente nos arrastró hasta una playa que se encontraba al pie de una montaña tan escarpada que era imposible de escalar.

—Ahora —dijo el capitán—, cada hombre puede empezar a cavar su tumba. Jamás saldremos de aquí.

Conforme se acabaron los alimentos, vi morir a cada uno de mis compañeros. En aquella playa de muerte había una terrible cueva que habíamos evitado, en su interior penetraba un río y yo ya había perdido toda esperanza, así que decidí seguir el río y ver hasta donde me llevaba.

Construí una balsa y la cargué con todas las mercancías, incluí algunos cristales de roca que abundaban en aquella playa. Subí a la balsa y me dejé arrastrar por la corriente. En un instante desapareció por completo la luz y así permanecí durante muchos días. Fui vencido por el agotamiento, caí profundamente dormido.

Al despertar, me encontré en un país hermoso. Mi balsa estaba atada a la orilla del río y me encontré rodeado por negros que me dijeron que me habían encontrado en el río cuando buscaban agua para regar sus tierras.

Me ofrecieron alimento y escucharon mi historia. Al terminar, me llevaron ante su rey junto a mis mercancías.

Su rey vivía en una ciudad llamada Senderib, un lugar hermoso. Escuchó mi historia, estuvo tan encantado con ella que ordenó que fuera escrita en letras de oro. Regalé al rey los trozos más hermosos de cristal de roca y le pedí que me ayudara a regresar a mi país, lo que aceptó de inmediato.

Me entregó una carta y unos regalos dirigidos al príncipe de mi ciudad, el califa Harún ar-Rashid.

Los regalos eran una copa de rubí cubierta de perlas, la piel de una serpiente que resplandecía como el oro y podía curar cualquier enfermedad, madera de alcanfor y aloe y una esclava de gran belleza.

Regresé a Bagdad y le entregué los regalos al califa, quien los recibió encantado y a cambio me otorgó una gran recompensa.

—Mañana te contaré sobre mi último viaje —prometió Simbad el marino al joven cargador mientras le entregaba las cien monedas de aquel día.

—Vendré, señor —aseguró el joven, quien ya había acumulado una pequeña fortuna.

el sexto viaje

El Séptimo y Último Viaje

Mi corazón se mantenía inquieto, así que zarpe una vez más. Mi barco naufragó y me encontré en una isla desolada. Solo había un río, así que construí una balsa y navegué llevado por la corriente hasta llegar a una gran ciudad.

Allí conocí al jefe mercader, quien, emocionado por mis historias y mis habilidades para comerciar, me entregó a su hija en matrimonio, me nombró su heredero y me hizo prometer que no abandonaría sus tierras hasta que la muerte lo llamase.

Con el tiempo el feje mercader murió y heredé su fortuna. No quería marcharme, así que me convertí en el nuevo jefe mercader y fui feliz junto a mi esposa hasta que descubrí que todas las primaveras los habitantes de esta isla se convertían en aves. No me daban miedo, yo deseaba volar, así que subí a lomos de una y disfruté tanto del vuelo que no pude evitar exclamar:

—¡Alabado sea Alá!

No había terminado mis palabras cuando una gran lluvia de fuego cayó sobre las aves y consumió a muchas de ellas. El hombre-ave que me llevaba se enojó conmigo y me dejó en la cima de una montaña.

En su cima encontré a dos jóvenes que me aseguraron ser seguidores de Dios y me entregaron un bastón de oro para que bajara la montaña. Emprendí el camino y pronto me topé con una gigantesca serpiente que devoraba a uno de los hombres alados. Corrí en su auxilio y a cambio me explicó que el nombre de Alá provocaba aquel feroz ataque sobre ellos y por eso no lo mencionaban. Prometí no volver a mencionar a Dios si me regresaba a casa y así lo hizo.

—Los hombres-ave son demonios, por eso Alá los castiga. Debemos irnos, esposo mío —dijo mi esposa.

—¿Tu padre y tú no son hombres-ave?

—No lo somos, él y yo somos diferentes y alabamos a Alá.

Fue así como terminé vendiendo todas mis propiedades, salvo algunas mercancías, tomé a mi esposa y abandonamos aquella ciudad. Nuestro viaje fue tranquilo, llegamos a Bagdad y nos instalamos en mi casa para disfrutar de la tranquilidad y el oro en nuestra vejez.

Pese a mi firme decisión, un día, el califa Harún ar-Rashid me llamó y pidió que le enviara un obsequio al rey de Senderib.

Debido a mi edad y a todos los riesgos que había pasado en mi juventud, traté de evitar el encargo del califa. Le expliqué los peligros que había corrido en mis otros viajes, pero no pude convencerlo y pronto tuve que embarcar.

Llegué a la ciudad de Senderib y solicité una audiencia con el rey. Me llevaron al palacio y entregué al monarca los obsequios del califa y la carta. Los regalos consistían en una hermosa cama de terciopelo rojo, miles de monedas de oro, caballos pura sangre árabes, cien trajes de finas telas bordadas de Alejandría, Kufa y Bagdad, una vasija de coral y otras obras de arte hermosas y valiosas. El rey quedó complacido con el regalo y expresó que valoraba muchos mis servicios, así que al despedirme me entregó hermosos regalos.

Al hacernos al mar fuimos atacados por unos piratas, se apoderaron de nuestro barco y nos llevaron como esclavos.

Llegamos a una ciudad lejana y fui vendido a un mercader. Al descubrir que era hábil con el arco y la flecha me obligó a subir a un elefante y me llevó a la selva. Allí me ordenó que subiera a un árbol alto y que esperara a las manadas de elefantes. Debía disparar y matar o herir alguno, si lo lograba debía correr a la ciudad y avisarle. Así podríamos extraer los colmillos y venderlos.

Realicé el trabajo con tanta diligencia que un día la manada de elefantes se dirigió hacia el árbol donde me escondía y lo sacudieron. Uno de ellos tomó el tronco con su trompa y arrancó el árbol de raíz. Caí junto al árbol y el elefante me sujetó con su trompa, pensé que moriría, pero solo me subió a su lomo y me llevó a un sitio desconocido, allí me depositó en el suelo y me dejó solo.

Observé el lugar y me di cuenta que me encontraba en una colina formada por huesos y colmillos de elefantes. Era su cementerio. Corrí a la ciudad y di la noticia a mi amo, quien pensó que había muerto al ver el árbol derribado y mi arco y mis flechas desparramadas junto a la copa.

Le expliqué lo que había ocurrido y lo llevé al cementerio de elefantes. Cargamos nuestro elefante con todos los colmillos que pudimos y regresamos al pueblo.

—has hecho un muy buen trabajo, Simbad. Gracias a ti, no solo yo soy rico, sino que todas las personas en esta ciudad lo serán. Te doy tu libertad.

Y así, el comerciante de marfil me regaló un barco y lo cargó de regalos. Los demás comerciantes de la ciudad también me otorgaron valiosos regalos y me enviaron de regreso a mi ciudad.

Llegué a Basora y desembarqué todo el marfil que me habían regalado, lo vendí por muy buen precio e inicié un viaje con varios mercaderes hasta Bagdad, al llegar fui a ver al califa y le informé de mis aventuras. Quedó tan maravillado con mi historia que ordenó que fuera escrita en letras de oro y resguardada en su palacio.

Simbad el Marino terminó su historia y dirigió una mirada satisfecha al joven cargador.

—Ahora que he terminado de contarte mis aventuras, te pregunto, ¿no es justo que después de todo el sufrimiento pueda disfrutar de una vida llena de paz y riquezas?

Simbad el Cargador, fiel a sus costumbres, besó la mano del marino y dijo:

—Ahora pienso igual, señor, usted merece todas las riquezas y comodidades de las que disfruta. ¡Que Dios le otorgue una larga vida!

Simbad el Marino obsequió al joven con ricos presentes, le indicó que dejara su trabajo como cargador y que invirtiera muy bien el dinero en mercancías y negocios. También le indicó que le visitara todas las tardes para cenar con él.

el séptimo y último viaje

Personajes de Simbad el Marino

Simbad el Marino es un cuento tradicional árabe del Medio Oriente que trata sobre la vida y viajes de un marino de Bagdad que vive durante el Califato abasí.

Simbad vive todas sus aventuras en el Océano Indico, el este de África y el sur de Asia. Esta historia fue dada a conocer gracias a Las Mil y Una Noches en sus diferentes versiones, por lo que el último viaje, presenta dos aventuras que suelen ser incluidas juntas, o por separado, según el autor.

Este cuento está diseñado para entretener y enseñar a los más pequeños lo importante que es realizar un buen trabajo, luchar arduamente por lo que se desea y superarse.

Los personajes de los cuentos de Simbad son muchos, pero mencionaremos algunos de los más importantes:
personajes del cuento de Simbad el Marino

  • Simbad el Marino: es un hombre anciano que cuenta las historias y aventuras de su juventud. Muchos de sus viajes tuvieron la duración de años, por lo que es un anciano bastante mayor que solo desea compartir con los jóvenes sus aventuras y enseñanzas.
  • Simbad el Cargador: es un joven mandadero que reniega de su suerte al ver la riqueza de Simbad el Marino, con el tiempo aprende que la riqueza solo se logra con esfuerzo y valor al escuchar las historias de Simbad.
  • Califa Harún ar-Rashid: es el gobernante de Bagdad, es un hombre que sabe valorar los obsequios y responde a ellos con gran suntuosidad.
  • Sultán Mihraj: es el primer sultán con el cual se encuentra Simbad, escucha atento sus historias y le otorga ricos regalos para su viaje de regreso a Bagdad.
  • Los capitanes: Simbad tiene muy mala suerte con los capitanes que elije para sus barcos, algunos lo dejan abandonado, otros lo desconocen y otros mueren, pero por lo general, suelen ser fieles a él.
  • El jefe mercader: es el hombre que ayuda a Simbad en su penúltima aventura y le entrega a su hija en matrimonio. Es un hombre sabio que solo desea lo mejor para la pareja.
  • El amo de Simbad: es el mercader que compra a Simbad cuando este es hecho esclavo. Es un hombre amable que reconoce el trabajo duro de Simbad y le otorga la libertad.
  • El cíclope: es un feroz monstruo que devora humanos. Es derrotado por el ingenio de Simbad.
  • El Viejo del Mar: es un hombre aparentemente inofensivo, pero que se aprovecha del buen corazon de los naufragos que llegan a su isla para esclavizarlos y obligarlos a llevarlo sobre sus espaldas. Simbad lo derrota no con ingenio, sino por suerte.
  • El rey de Senderib: es un hombre rico y benevolente. Envía ricos regalos a su colega el califa Harún ar-Rashid y ayuda a Simbad a volver a casa.

Vídeo Resumen de Simbad El Marino

Y hasta aquí este cuento de los siete viajes de Simbad el Marino que te hemos resumido en Frases.Top. No olvides que puedes ver la lista completa con todos los cuentos para niños infantiles, así como la sección especial de cuentos populares y tradicionales. Tampoco te olvides compartir esta historia, así como seguirnos para estar siempre al tanto de todas las novedades que traemos en Frases.Top. ¡Hasta la próxima!

Publicado el 17 de septiembre 2020

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