Cuento de Navidad de Charles Dickens

Hoy vamos a continuar con nuestra sección de relatos navideños para esas fechas tan señaladas, y como no podría ser de otra forma, teníamos que incluir el siguiente resumen del Cuento de Navidad de Charles Dickens que te presentamos en Frases.Top para que puedas disfrutar con los niños. Vamos a verlo!:

Cuento de Navidad de Charles Dickens Resumido

Título en Español: Cuento de Navidad de Charles Dickens
Género: Cuentos de Navidad
Autor: Charles Dickens
Fecha de Publicación: 1943

El Fantasma de Marley

Había una vez en el Londres victoriano un hombre muy avaro. Era tan avaro que, al morir su socio, solo le organizó un modesto funeral al cual solo acudió el clérigo, el funerario, el propietario de la funeraria y poco más, prefirió ahorrarse el dinero que su socio había destinado para su funeral.

Marley, su socio, le había dejado como único administrador, único heredero y único amigo, Scrooge fue el único que llevó luto por él y ni siquiera le había afectado su muerte. El mismo día del funeral continuó sus negocios como si nada hubiera pasado. Scrooge nunca tachó el nombre de Marley del tablón que identificaba su oficina, años después de su muerte aún continuaba ahí y todos cuantos hablaban del lugar siempre se referían a «Scrooge y Marley». Incluso llamaban a Scrooge «Marley», pero él no los corregía, solo le importaba su negocio.

Scrooge y Marley tenían una oficina modesta para sus negocios y un escribiente llamado Bob Cratchit, el pobre hombre trabajaba en un pequeño cubículo, alejado del escaso fuego que Scrooge mantenía en la estufa. El viejo avaro no consideraba pertinente gastar más de lo necesario en carbón y ¿Por qué lo haría? Prefería dedicar su valioso tiempo a la usura, a cobrar cuentas pendientes, a exprimir el ultimo penique a los desgraciados que acudían a él por un préstamo. Era tal el aura de frialdad y avaricia de Scrooge que ya ninguna llama parecía calentarle y todos se apartaban de su camino al encontrarlo por la calle, nadie le saludaba, ningún mendigo le pedía limosna, los niños no se le acercaban e incluso los animales huían de él.

Esto no parecían saberlo dos funcionarios que se acercaron a su oficina la víspera de Navidad.

—¡Feliz Navidad! —exclamaron al entrar por la puerta.

—¡Clientes! —dijo Scrooge.

—De Scrooge y Marley— dijo uno de los caballeros— ¿Me dirijo al señor Marley o al señor Scrooge?

—El señor Marley murió hace siete años en una noche como esta.

—Oh, de seguro usted es tan generoso como su socio —dijo el otro hombre a lo que Scrooge frunció el ceño y negó con la cabeza.

—En estos días señor Scrooge es cuando más conscientes debemos ser de nuestros privilegios y de las dificultades que pasan los más necesitados ¿Le gustaría hacer una donación para comprar ropa, comida y cobijas?

—No.

—¿Quiere hacer una donación anónima?

—No. Ellos ya cuentan con ayuda.

—Estas noches son muy frías, señor Scrooge.

—Con mis impuestos pago cárceles, los asilos y apoyo la ley de pobres ¿Acaso ninguna de esas organizaciones funciona ya?

—Por supuesto que funcionan señor, pero no aportan todos los beneficios ni son suficientes ¿Con cuánto le apunto?

—Déjenme en paz. Yo no celebro la Navidad ni voy a pagar la cena de gente ociosa, yo he ganado mi dinero con trabajo honrado. Si existen necesitados ¡Que acudan a los asilos y a las cárceles!

—Muchos no pueden ir o preferirían morir antes de hacerlo.

—Entonces ¡Que mueran! Así se reducirá el exceso de población. Ahora, si me disculpan, tengo mucho trabajo por delante. ¡Buenas tardes, caballeros!

Los hombres se retiraron y Scrooge regresó a su escritorio.

—¡Feliz Navidad, tío! —exclamó una alegre voz antes que Scrooge lograra tomar asiento.

—¡Tonterías! —masculló Scrooge.

—¿Navidad una tontería? Tío no lo dices en serio.

—Claro que sí, tamaña tontería desear una feliz Navidad, dime ¿Tienes algún derecho o motivo para ser feliz? ¡Eres pobre!

—Por supuesto que soy feliz, además ¿Qué derecho tienes tu para estar triste y desgraciado? Eres rico.

—¡Tonterías! —gruñó Scrooge al sentirse derrotado.

—No te enfades, tío. Venía a invitarte a mi cena de Navidad— dijo el muchacho de buen grado.

—¿Cómo no me voy a enfadar viviendo en un mundo de locos que solo se desean una feliz Navidad? ¡Deberían encerrarlos a todos! ¡No! Habría que cocinarlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón. Y no iré a tu cena, no puedo comer nada de lo que servirás.

—¡Tío! —imploró el sobrino.

—Déjame celebrar la Navidad a mi manera.

—Pero tú no celebras nada —dijo el sobrino.

—Más razón para que me dejes en paz.

—Tal vez sea pobre, tío, tal vez no tenga un gramo de oro en los bolsillos, pero siempre he pensado que la Navidad es una fecha hermosa, tiempo de perdón, de afecto y de caridad. Es el único momento del año en el cual hombres y mujeres son sinceros y abren sus corazones a todos los que les rodean y es por eso que digo ¡Feliz Navidad!

Bob Cratchit aplaudió con aplomo las palabras del sobrino, luego, agobiado por la mirada de odio de Scrooge y la amenaza de perder su empleo continuó con su trabajo. El sobrino de Scrooge dejó la invitación a su tío y se marchó alegremente.

—Supongo que quieres el día libre mañana —gruñó Scrooge a su escribiente.

—Sí, si no es problema, señor— dijo Bob con humildad.

—Claro que es un problema ¡Pagarte un día que no trabajarás! Pero te pagaré, Bob, y te quiero aquí al día siguiente, bien temprano.

Y con esas palabras Bob dejó su trabajo y a su iracundo jefe atrás ¡Por fin la Navidad estaba a la vuelta de la esquina!

Scrooge atravesó la oscura ciudad para regresar a su mansión. Se sentía tan agraviado por toda la gente feliz y los villancicos que le rodeaban que incluso se apresuró a entrar sin dar una ojeada al aldabón que decoraba su puerta. Si lo hubiera hecho tal vez hubiera prestado más atención al mismo y habría visto cara de Marley, quien le había dedicado una mirada acusadora. Quizás si la vio, pues ingresó a su hogar a toda prisa y encendió una vela con manos temblorosas. Se había asustado como un niño.

Scrooge se entretuvo con su rutina nocturna, comió y decidió sentarse al fuego a descansar. Era la única luz en su mansión, después de todo, las velas costaban mucho dinero y él prefería la oscuridad. Sentado solo y casi a oscuras, Scrooge dejó escapar un suspiro cansado.

Fue así como Marley encontró a su viejo socio, en medio de una habitación en penumbras. Scrooge no daba crédito a sus ojos y asumió que su sencilla cena le estaba jugando una mala pasada.

—Scrooge —llamó Marley a su amigo—. Scrooge estoy aquí para advertirte.

—¿Advertirme de qué? Y ¿Por qué llevas cadenas? —Scrooge no daba crédito a sus ojos, ahí estaba su amigo, tal y como lo recordaba, con su coleta y una venda para sujetar su mandíbula.

—Estas pesadas cadenas son mi castigo por toda la eternidad. En vida siempre desprecié a los pobres y robé su dinero, nunca me detuve a ayudar al necesitado, así, eslabón a eslabón armé estas pesadas cadenas que ahora me torturan y lo mismo te pasará a ti si no cambias antes que sea demasiado tarde. Por eso he regresado.

—¿Cambiar? ¿Cuándo sea demasiado tarde?

— Ahora que soy un espíritu veo todo el sufrimiento del mundo y eso querido amigo es peor castigo que estas pesadas cadenas. No puedo ayudar al necesitado, pero puedo ayudarte a ti —dijo su viejo amigo—. No puedo quedarme mucho tiempo aquí. —Su cuerpo empezaba a desvanecerse—. Esta noche vendrán a visitarte tres espíritus, escucha sus palabras, obedécelos o crearás cadenas mucho más pesadas que las mías—explicó antes de salir despedido por la ventana para llorar a los pobres y viudas que ya no podía ayudar.

Scrooge se asomó a la ventana y se encontró con un panorama desolador, miles de espíritus con cadenas como las de Marley lloraban y flotaban sobre los pobres, rogando una oportunidad que desperdiciaron en vida.

Pero el corazón del viejo avaro era duro como piedra, pronto olvidó el incidente y se marchó a la cama ¡Espíritus! ¡Cadenas y castigos eternos! Solo eran tonterías provocadas por una cena en mal estado.

El fantasma de Marley

El Primero de los Tres Espíritus

Scrooge despertó con las campanadas del reloj de una iglesia cercana. Doce campanadas. Scrooge no lo podía creer, él se había ido a la cama a las dos de la madrugada, era imposible que fuera medianoche. Seguro se trata de algún desperfecto, se dijo y trató de dormir, pero sus pensamientos no se lo permitieron. No dejaba de recordar el fantasma de Marley y su advertencia.

El tiempo pasó, pero no había rastro de los fantasmas anunciados por Marley. Sin embargo, permaneció despierto durante unos instantes más hasta que escuchó como el reloj de la iglesia daba la una.

—¡Ja! No vino ningún espíritu —bufó con una sonrisa. Justo en ese instante una luz poderosa inundó su habitación y una gran fuerza deslizó las cortinas de su cama. Allí, a sus pies estaba un ser único, con un rostro juvenil y a la vez antiguo, la luz procedía de una llama en su coronilla y en sus manos llevaba un matacandelas.

—¿Es usted el espíritu que me fue anunciado? —preguntó Scrooge.

—Yo soy.

Su voz era suave y amable, apagada, como si hablara desde una distancia considerable.

—¿Quién o qué es usted?

—Soy el fantasma de la Navidad del Pasado. De tu pasado. Ven conmigo, tenemos mucho que ver.

Y así el fantasma tomó a Scrooge del brazo y lo arrastró hasta la ventana.

—Ten piedad de mí, puedo caer por la ventana y morir.

El fantasma tocó el pecho de Scrooge, justo sobre su corazón y le otorgó sus poderes. Pronto atravesaron la pared y empezaron a volar sobre una carretera que serpenteaba a lo largo de una campiña. La oscuridad y la niebla de Londres habían quedado atrás.

—Yo nací aquí. —dijo Scrooge al ver el lugar—. Aquí pase mi infancia.

Pronto, las mejillas del anciano se llenaron de lágrimas y le pidió al fantasma de la Navidad pasada que le mostrara lo que habían ido a ver.

Así fue como se encontraron con un viejo internado. En el camino circulaban algunas carretas llenas de niños que reían con alegría y se deseaban una feliz Navidad. Scrooge reconoció a cada niño, después de todo, eran sus amigos y compañeros de clase.

—Todo lo que vemos son sombras del pasado. No pueden vernos.

—No quiero verlo —dijo Scrooge al llegar a la escuela.

—Esa escuela no está vacía —dijo el fantasma—. En su interior aún queda un niño solitario, abandonado por sus amigos y su padre en Navidad.

La escena cambió. Habían transcurrido un par de años. El edificio de la escuela había sufrido los embates del tiempo. Las paredes estaban raídas y las ventanas rotas. De nuevo en un salón se encontraba un joven Scrooge en soledad.

Scrooge tomó asiento junto a su versión del pasado y lloró, seguía siendo una persona pobre y olvidada como en el pasado.

Pero en esa ocasión un grito de alegría inundó el lugar.

—¡Hermano! Mi querido, querido hermano.

—Fan ¿De verdad eres tú?

Una muchacha joven y de aspecto amable entró al salón, dio un apretado abrazo a Scrooge y observó con orgullo lo apuesto y alto que estaba ahora.

—Fan, querida hermana —el joven Scrooge sonrió con verdadera alegría, pero la sombra de la tristeza manchó su rostro.

—Vengo a buscarte, pasaremos las Navidades en familia. Papá ha cambiado, te ha perdonado y quiere verte en casa.

¡Eres toda una mujer, Fan! —Exclamó el chico.

—Era una jovencita admirable, con un gran corazón, pero tan delicada que el suave soplo de la brisa podría doblarla.

—Tenía un gran corazón —lloró Scrooge.

—Murió cuando ya era una mujer y tenía un hijo —dijo el espíritu—. Un hijo, si mal no recuerdo ¡Tu sobrino!

—Si —admitió Scrooge con malestar.

De nuevo abandonaron el lugar. Volaron de regreso a Londres, donde las calles estaban llenas de color y música. El fantasma detuvo a Scrooge frente a un edificio y lo obligó a entrar.

—¿Conoces este lugar?

—¿Cómo no conocerlo? Fui aprendiz aquí, del viejo Fezziwig.

Scrooge se deslizó por el lugar y miró con detenimiento a su viejo jefe, un caballero con peluca que, desde lo alto de un pupitre, dirigía a dos jóvenes larguiruchos mientras estos decoraban y preparaban el lugar donde trabajaban hasta convertirlo en un salón de fiesta.

—Dick, Ebenezer, apresúrense, la cena y los invitados están por llegar ¡Es Nochebuena muchachos!

—Dick, que buen muchacho, pobre muchacho —dijo Ebenezer Scrooge para sí mismo—. Él me quería mucho.

Y así ante los ojos de Scrooge y el fantasma se organizó una gran fiesta de Navidad. Desde el criado más humilde hasta el más destacado empleado, todos compartían el mismo baile y la misma cena. Ebenezer joven se encontraba escondido en una esquina, mirando disimuladamente a una jovencita hermosa que tampoco le quitaba la mirada de encima.

El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig y la fiesta se animó aún más. Cuando se hicieron las once, la fiesta terminó y la pareja anfitriona y sus dos aprendices dieron la mano y despidieron cálidamente a todos sus invitados.

Durante todo el tiempo, Scrooge disfrutó de la fiesta como si de verdad estuviera en ella, bailó con los invitados, rogó a su viejo yo para que invitara a bailar a la joven y cuando finalmente Dick y Ebenezer se dirigieron a sus pequeñas camas detrás del mostrador de la tienda Scrooge regresó junto al fantasma.

—Míralos, que poca cosa, disfrutando de una fiesta cuando duermen en la miseria.

—¿Poca cosa? —rugió Scrooge.

—Por supuesto, el viejo Fezziwig se ha gastado unas pocas libras de su dinero para organizar esta fiesta y ahí están —señaló a los jóvenes aprendices—. Agradecidos y con el corazón lleno de felicidad.

—No se trata de eso, ese hombre podía hacernos felices o desgraciados, hacer nuestro trabajo agradable o pesado, un placer o un tormento. Su poder estaba en los pequeños gestos diarios que tenía con nosotros. La felicidad que nos proporcionaba valía más que su fortuna —Scrooge detuvo su explicación y frunció el ceño invadido por un sentimiento que no conocía.

El Espíritu de la Navidad pasada regaló a Scrooge una mirada llena de calidez.

—¿Qué ocurre, Scrooge?

—Nada, solo quisiera tener la oportunidad de decirle algunas cosas a mi escribiente ahora mismo. Eso es todo.

El espíritu tomó la mano de Scrooge y lo dirigió ahora a la oficina que había establecido con Marley. Allí, un Scrooge algo más viejo, contaba monedas con ferviente emoción. La avaricia empezaba a llenar sus rasgos jóvenes y vigorosos.

A su lado la misma joven de la fiesta lo observaba. Estaba vestida de luto y la tristeza manchaba sus facciones.

—Qué ídolo más frio el que me ha desplazado —se lamentó.

—¿Ídolo? —repitió Scrooge distraído.

—Oh fantasma, esto no, por favor esto no—rogó el viejo Scrooge al fantasma del pasado.

—Estas son tus obras, Scrooge, un pasado que tú mismo labraste y que no puede ser cambiado —dijo el fantasma con severidad.

—El oro, Scrooge —dijo la joven. Belle era su nombre.

—Pfff, es un trabajo imparcial, ganar dinero evita la pobreza y no hay porque condenar con severidad la búsqueda de riquezas.

—Tienes demasiado miedo al mundo y a la pobreza. La ilusión del dinero ha destruido tu nobleza poco a poco.

—¿Y qué importa? Ahora soy mejor y mis sentimientos por ti no han cambiado.

La joven negó con la cabeza.

—¿En que he cambiado?

—Nos comprometimos hace años, cuando éramos pobres y conformes con nuestra situación, esperábamos que cuando llegaran mejores tiempos pudiéramos hacer fortuna y casarnos. Ese tiempo llegó y pasó Scrooge y ahora has cambiado. Ya no eres el hombre con el que me comprometí.

—Solo era un muchacho.

—Has cambiado, Ebenezer, pero yo no. Sigo siendo la misma mujer que te prometió felicidad en el pasado, cuando pensábamos como uno y ahora solo estoy abrumada por el dolor de ver que somos dos personas diferentes.

—Yo no te he pedido libertad.

—No, nunca lo pediste con palabras, pero tu naturaleza diferente, tu espíritu alterado y tu ilusión como única meta han destruido el amor que sientes por mi hasta el punto que pareciera nunca haber existido. Dime, Ebenezer, si nos hubiéramos conocido ahora ¿Habrías pedido mi mano en matrimonio? ¿La mano de una mujer pobre?

—¡No! Digo, no pienses así.

—El oro me ha desplazado. Aunque te hubieras enamorado de mí, elegirme va contra tu naturaleza y tus principios actuales. Por eso, te libero de tu compromiso. —suspiró Belle—. Ebenezer, eres libre. ¡Que seas feliz con la vida que has elegido!

—Por favor, Espíritu, no quiero ver más ¿Por qué eres feliz con mi tormento?

—Es tu pasado, Ebenezer, tú lo escribiste —sentenció el espíritu—. Ahora, veremos una imagen más.

Viajaron a una casa humilde, pero cálida. Junto a la chimenea se sentaba la misma joven del pasado de Scrooge, la rodeaban muchos niños felices que jugaban con sus trenzas y corrían entre gritos y risas. Ebenezer deseó ser alguno de esos niños, para así acariciar aquel suave cabello o siquiera rozar con sus dedos aquellos suaves y sonrosados labios.

El tumulto cesó cuando llamaron a la puerta. Era el padre de aquellos niños, venía acompañado de un joven que cargaba juguetes y regalos. Los niños inmediatamente tomaron la bolsa con regalos y los repartieron entre sí.

Cuando se cansaron de jugar, los niños desaparecieron a través de las escaleras y dejaron solos a sus padres. Solo la hija mayor, su madre y su padre quedaron frente a la chimenea. Scrooge sintió como su corazón se rompía ¡Ah si no hubiera sido tan avaro él estaría en el lugar de aquel hombre, con una niña que le llamara «padre» y calidez en el inverno de su corazón!

—Belle —dijo el hombre—. Hoy vi a un viejo amigo tuyo, el señor Scrooge. Estaba en su despacho, con una luz pobre. Su socio está muriendo y él está solo en ese frío negocio. Creo que también está solo en la vida.

—Espíritu, por favor —rogó Scrooge entre sollozos—. Sácame de aquí, no lo soporto.

—Este es el pasado, es lo que construiste, no puedes culparme, Scrooge.

Llevado por la ira y el dolor Scrooge tomó el matacandelas y atrapó la cabeza del espíritu en su interior. Presionó y presionó hasta que toda luz desapareció. Entonces, oscuridad de su habitación le dio la bienvenida. El viejo señor Scrooge caminó hasta su cama y cayó dormido como una roca.

el primero de los tres espíritus

El Segundo de los Tres Espíritus

Scrooge despertó debido a un gran ronquido. El reloj de la iglesia no le había despertado para indicarle que eran la una, o tal vez las dos, pero el viejo avaro estaba seguro que había despertado listo para su segundo visitante.

Una luz cálida entraba por los resquicios de la puerta de su habitación. Risas y jolgorio se dejaban escuchar a través de la madera. Scrooge se dejó llevar por su curiosidad, se levantó de la cama y abrió la puerta de par en par.

¡Que hermosa imagen! El rellano había desaparecido en su lugar había una habitación casi infinita, llena de luz, calidez, dulces aromas y deliciosos platillos hasta donde alcanzaba su vista. Había pavos, lechones, salchichas, pastelillos, tartas, ostras, castañas, manzanas, naranjas, peras, pasteles de Reyes, ponche, perniles, ocas, adobos y salsas. Y allí, justo en el centro de ese gran banquete, estaba sentado un hombre gigantesco, llevaba una túnica verde ribeteada con pieles blancas, una barba y un cabello castaños muy largos y no paraba de reír y comer con alegría.

—Entra, Scrooge, entra y me reconocerás mejor.

Scrooge avanzó con timidez y se dejó levantar por las gigantescas manos del espíritu. Atrás había quedado el viejo orgulloso y avaro, ahora era tan tímido y sumiso como un niño.

—Soy el fantasma de la Navidad del Presente —dijo el Espíritu de la Navidad presente—. Mírame bien.

Así lo hizo Scrooge y descubrió que la túnica le quedaba holgada y dejaba al descubierto su pecho. Sus pies también estaban desnudos y sobre sus rizos castaños llevaba una guirnalda de acebo salpicada de carámbanos.

—Nunca me has visto, Scrooge, ni a mí ni a mis mil ochocientos hermanos mayores.

—¡Que difícil mantener una familia tan numerosa! murmuró Scrooge.

El espíritu se levantó y dejó en manos de Scrooge una esquina de su manto.

—Sujétalo con fuerza. Tenemos mucho que ver y poco tiempo —dijo.

El esplendoroso banquete desapareció y pronto Scrooge se encontró volando entre las calles de la ciudad en pleno día de Navidad. El aire era muy frío, pero aquello no robaba la alegría de las personas, quienes cantaban villancicos y se deseaban una feliz Navidad con una gran sonrisa en sus labios.

Allí donde pasaban el Espíritu de la Navidad presente sacudía su antorcha. Las gotas de luz bañaban a las personas e inmediatamente esbozaban una sonrisa y empezaban a cantar. Así el Espíritu detuvo riñas, alegró sombrías cenas en las prisiones y llenó de color la iglesia de la ciudad. El Espíritu rociaba con especial cuidado las compras de las personas más pobres, dotándolas de luz y alegría.

—¿Qué es eso que salpicas con tu antorcha? —preguntó Scrooge.

—Es mi propio sabor.

—¿Sirve para adobar la cena?

—Da sabor a las cenas de quien celebra con verdadera alegría y amor, pero da un sabor especial a las cenas de los pobres.

—¿Por qué más para los pobres?

—Porque lo necesitan más.

—Espíritu, me sorprende que seas tú quien restrinja las libertades y oportunidades de los pobres para disfrutar de este día —dijo Scrooge luego de meditar unos instantes.

—¿Yo? —exclamó el Espíritu.

—Les quitas un día de trabajo cada séptimo día. Les quitas los medios para cenar el único día en el cual pueden cenar.

—¿Yo?

—¿No haces que cierren los locales de beneficencia en el día del Señor? Lo hacen en tu nombre en Navidad.

—Scrooge, en el mundo de los humanos hay algunas personas que dicen conocernos y escudan sus actos de mala voluntad, odio y pasión en nuestro nombre. sin embargo, son ajenos a nosotros. Recuérdalo muy bien y cúlpalos a ellos y a sus corazones oscuros, no a nosotros.

Continuaron volando a través de la ciudad. El Espíritu de la Navidad Presente continuó bendiciendo y llenando de alegría cada fiesta y pequeña reunión que encontraron en su camino. Pronto alcanzaron la zona más humilde de la ciudad. Pequeñas casas se apretujaban entre las callejuelas cubiertas de nieve. Allí, el Espíritu se dirigió a una pequeña casita de cuatro habitaciones y se detuvo ante el umbral. Desde ese lugar sacudió su antorcha con brío bendiciendo la mesa y a la humilde familia que se reunía ante ella.

Scrooge estaba sorprendido. Bob, su escribiente, aquel que apenas ganaba quince chelines a la semana recibía un espíritu todopoderoso en su humilde casa de cuatro habitaciones.

La señora Cratchit vestía un atuendo sencillo, quizás remendado más de una vez, pero cubierto de cintas muy bonitas. Se le notaba preocupada, iba y venía entre la pequeña cocina y el comedor. Finalmente, puso el mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas. Mientras, el primero de los hijos de Cratchit, Peter, probaba las patatas. El joven heredero vestía una camisa almidonada antigua, antes había sido propiedad de su padre, y él no podía estar más feliz por llevar tan elegante atuendo.

Los dos hijos más pequeños, niño y niña, llegaron a la sala cubiertos de nieve. Habían estado espiando la oca que cocinaban en el horno de una panadería cercana.

—¡Es enorme!

—Tenemos la oca más grande de todas.

Justo cuando Peter servía las patatas en la mesa, la puerta se abrió estrepitosamente. Una joven de aspecto agotado ingresó a la vivienda.

—¡Martha! —exclamó su madre—. Hija, estás helada, ven, siéntate ante el fuego.

—No hay tiempo mamá, quiero darle una sorpresa a padre, debo esconderme —dijo la joven—. Pasamos toda la noche trabajando para poder disfrutar de la Navidad con nuestras familias.

Y así lo hizo, Martha se ocultó detrás de las cortinas y justo cuando su padre ingresó a la vivienda, lo sorprendió con un gran abrazo. El escribiente dejó la oca sobre la mesa y estrechó a su hija con fuerza contra su pecho.

—¡Padre!

—¡Martha! Que alegría tenerte con nosotros —dijo Bob con auténtica emoción.

—No podría desilusionarte en estas fechas, padre. Siempre vendré para Navidad. Jamás me perdería una cena a tu lado.

—¡Martha! —el pequeño Tiny Tim saludó a su hermana con torpeza. Bob lo llevaba a caballo sobre sus hombros.

—Ven a ver el pudín, Tim —invitaron sus hermanos.

Bob dejó a Tim en el suelo y sus hermanos le acercaron una pequeña muleta hecha a medida. El niño cojeó junto a sus hermanos pequeños hasta la chimenea, donde dentro de una cacerola burbujeaba el pudín.

—Es un santo —dijo Bob mientras se sentaba en la cabecera de la mesa—. Como está solo filosofa mucho. Hoy me dijo que deseaba que todos lo vieran en misa, porque está tullido, dijo que sería una agradable imagen para las personas, porque les ayudaría a recordar en Navidad quien tuvo el poder de hacer andar a los cojos y ver a los ciegos. —La voz de Bob tembló y no pudo evitar sollozar—. Cariño, él está cada día más fuerte y sano.

Todos olvidaron su pena al ver regresar a Tiny Tim y en familia organizaron la mesa. Pronto estaban todos reunidos frente a la oca, las patatas y la salsa de manzana. Por la emoción que había en aquella casa cualquiera podría pensar que la humilde oca era más valiosa que un gran y poderoso cisne.

Bob dirigió las oraciones y la señora Cratchit cortó la oca entre ovaciones ¡Olía magnífico y el relleno burbujeaba!

Todos admiraron la oca mientras comían. Bob aseguraba que era un ave magnifica y muy barata. La salsa de manzana y el puré también fueron alabados. Fue una gran cena ¡La señora Cratchit estaba muy feliz! Había sobrado oca para comer al día siguiente.

Era el turno del pudín. Todos estaban expectantes mientras la señora Cratchit lo liberaba del paño y el barreño donde lo habían cocinado.

Aquel pudín recibió muchos halagos. La señora Cratchit incluso estaba sonrojada y aseguró que había tenido dudas debido a la harina de mala calidad. Todos estaban tan felices con el pudín que ninguno comentó lo obvio: era un pudin demasiado pequeño para una familia tan numerosa. Por supuesto, nadie lo habría hecho, hacerlo hubiera sido la peor de las blasfemias.

Pronto llegó la hora del brindis. Los mayores tenían ginebra caliente con limón, los más pequeños comían manzanas, naranjas y castañas asadas. La familia se reunió frente a la chimenea y cuando todos estuvieron cómodamente sentados frente al fuego Bob inició el brindis:

—¡Feliz Navidad para todos! ¡Que Dios nos bendiga!

Toda la familia lo repitió:

—¡Feliz Navidad para todos! ¡Que Dios nos bendiga!

—¡Que Dios bendiga a cada uno de nosotros! —dijo Tiny Tim desde su lugar junto a su padre.

—Oh Espíritu, dime —empezó Scrooge con interés en su corazón—. Dime si Tiny Tim vivirá.

—Veo un lugar vacío junto a la chimenea. Una pequeña muleta, amorosamente conservada, yace sin dueño. En la mesa veo un sitio vacante. Si esta situación no cambia en el futuro, el niño morirá —aseguró el Espíritu con suma seriedad.

—Oh, no, ¡Espíritu! Dime que se salvará. Por favor, Espíritu, no puedo soportarlo —sollozó Scrooge.

—Scrooge, si estas sombras permanecen en el futuro, ninguno de mis hermanos futuros lo encontrará —dijo el Espíritu— ¿por qué te importa tanto? Si tiene que morir que lo haga, así se reducirá el exceso de población —espetó.

Scrooge bajó la cabeza con vergüenza. El Espíritu había citado sus las crueles palabras que él mismo había expresado en su oficina. Su corazón se sintió abrumado por el arrepentimiento y el dolor.

—Así que tienes corazón después de todo —dijo el Espíritu—. Olvida tus palabras, no conoces qué es el exceso ni donde se encuentra ¿Quién eres tú y quién te da el poder para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Scrooge, quizás en el cielo eres la persona menos valiosa y menos digna de vivir que los millones que habitan en este mundo, incluso menos que el inocente Tim.

—Brindo por el señor Scrooge —dijo Bob y Ebenezer agradeció la interrupción—. Que Dios bendiga al señor Scrooge, benefactor de esta fiesta.

—Pfff, querrás decir el aguafiestas —dijo la señora Cratchit—. Ya quisiera tenerlo aquí, le regalaría cuatro palabras por Navidad.

—Mi amor, es Navidad—dijo Bob con suavidad.

—Solo en Navidad podemos beber a la salud de un hombre tan tacaño, insensible y frío como señor Scrooge ¡Y es la verdad, Bob! ¡Nadie lo sabe mejor que tú!

—Mi amor.

—Beberé a su salud porque lo pides y porque es Navidad. No por él.

Todos dieron un sorbo a sus bebidas. Era la primera vez que los niños brindaban sin sinceridad. El brindis por Scrooge trajo tristeza y rabia a la reunión, los niños lo consideraban un ogro. Por suerte, el ambiente se animó con la siguiente intervención de Bob ¡Había encontrado trabajo para Peter! Pronto tendrían cinco chelines y medio extras a la semana.

El Espíritu y Scrooge dejaron atrás a la familia y se dirigieron al otro extremo de la ciudad. En el camino se encontraron con muchas fiestas. Los jóvenes entraban y salían de sus casas, no había nadie para darles la bienvenida en la puerta, pero si familias y amigos reunidos que se levantaban de las mesas para recibir al recién llegado. El Espíritu observaba aquellas imágenes con orgullo y agitaba su antorcha mágica con fuerza, llenando las calles de espíritu navideño.

Ambos viajeros se detuvieron al llegar a un desierto páramo. Allí, reunidos en una cabaña de piedra y a la luz de una tímida chimenea se reunía una familia vestida con gruesos abrigos. El carbón parecía formar parte de su piel, pero aquello no les importaba, celebraban y cantaban como cualquiera.

—Son mineros —explicó el Espíritu—. Pese a que su trabajo se da en las entrañas de la tierra, me conocen ¡Míralos celebrar!

Scrooge y el Espíritu viajaron alrededor de todo el mundo, llevando el espíritu de la Navidad a cada rincón. Finalmente se detuvieron frente a la casa del sobrino de Scrooge. En su interior se escuchaban risas de hombres y mujeres, tintineaban las copas y los cubiertos.

Scrooge ingresó a la vivienda y observó cómo su sobrino reía con evidente alegría.

—Amigos se los juro ¡Dijo que las Navidades eran tonterías! ¡Y vive bajo ese credo!

—No deberías reírte de él —dijo una de las invitadas.

—Es un viejo gracioso. Quizás no sea tan agradable, pero es desdichado y sufre en vida la penitencia justa a su avaricia.

—Es un hombre rico —dijo otra invitada.

—Sí, pero el dinero no sirve de nada. Él no la usa para su bienestar ni para el de otros. Ni siquiera tiene la alegría de pensar que ese dinero lo heredaremos nosotros. Si no trabajas por el futuro de tu familia ¿Por qué lo harías? ¿Quién sufre por su avaricia? Él. Yo lo invité a esta maravillosa cena y él se reusó ¿Quién sufre sino él?

Los jóvenes continuaron cenando y pronto llegó la hora de los juegos. Los jóvenes jugaron a las prendas, a la gallina ciega, al cómo, cuándo y dónde y muchos juegos más. Era tal la alegría que incluso Scrooge se unió a los juegos con emoción.

Pronto se formó una pareja de tímidos jóvenes enamorados y solo la mención del brindis pudo separarlos.

—Hemos disfrutado de un momento de risas gracias a mi tío, así que es justo que brindemos en su nombre ¡Por tío Scrooge!

La noche de Navidad llegó a su fin. El Espíritu llevó a Scrooge de regreso a su alcoba. A la luz de la chimenea se podía ver que su cabello castaño ya estaba surcado por las canas, su cuerpo había perdido peso y vigor. Ahora se encorvaba para caminar y respiraba con dificultad.

—¿Viven tan poco los espíritus? —preguntó Scrooge al ver el débil estado de su compañero de viaje.

—Solo vivimos una noche. Mi vida acabará pronto. Cuando el reloj de las 12, mi existencia habrá terminado.

—Algo sale de tu manto —señaló Scrooge con voz temblorosa. Ahí, donde el manto del Espíritu tocaba la tierra se asomaba una mano huesuda.

—Sí, son hijos de los hombres, cuídate de ellos —levantó su manto—. El niño es la ignorancia y la niña la necesidad —señaló a los niños huesudos que se aferraban a sus piernas—. Cuídate de ambos, pero en especial de la ignorancia.

—¿No tienen dónde ir? —gimió Scrooge.

—¿Y las cárceles? ¿Y los refugios? —espetó el Espíritu citando de nuevo a Scrooge.

El reloj de la iglesia dio las 12 y el Espíritu de la Navidad pasada desapareció.

el segundo de los tres espíritus

El Último de los Espíritus

En la oscuridad que dejó el Espíritu de la Navidad Presente creció una figura espectral. Scrooge lo vio acercarse en silencio, con un deslizar solemne de la capa oscura que ocultaba su cuerpo, su cabeza y sus facciones. El ambiente alrededor del nuevo espíritu emanaba desolación y misterio, pero también había algo majestuoso y atemorizante en él.

—¿Eres el Espíritu de la Navidad Futura?

El espíritu guardó silencio, solo señaló con su mano.

—¿Has venido a mostrarme el futuro? ¿Las sombras de lo que ocurrirá si no enmendó mi camino?

El Espíritu inclinó su cabeza en silencio y se deslizó frente a Scrooge pues él debía de seguirlo hacia el futuro. Scrooge temblaba tanto ante la ominosa presencia del espectro que tardó unos minutos en recuperarse y seguirlo con solemnidad.

—Oh Espíritu del Futuro, a ti te temo más que a cualquier otro de tus hermanos, pero sé que tus intenciones son buenas y tengo la esperanza de vivir para convertirme en una persona muy diferente a la que soy ahora. Por eso, aceptaré lo que tengas que enseñarme. —El espíritu guardó silencio ante las palabras de Scrooge.

—¿Tu no hablas, Espíritu?

Por toda respuesta el espíritu señaló hacia delante.

—¡Dirígeme! ¡Condúceme, Espíritu!

Continuaron su viaje hasta llegar a un imponente edificio ubicado en pleno centro económico de la ciudad. Allí inversionistas, banqueros y hombres de negocios caminaban a toda prisa, miraban sus relojes con nerviosismo y hacían tintinear sus bolsillos

—No, no lo sabía —dijo un hombrecillo— ¿Cuándo murió?

—Anoche —respondió otro.

—¿Qué tenía? —preguntó un tercero—. Estaba tan sano que pensé que no iba a morir nunca.

—Solo Dios lo sabe, lo importante es: ¿Qué hicieron con su dinero?

—Seguro lo dejó a su empresa. La única certeza que tengo es que a mí no me lo ha dejado.

Aquella ocurrencia fue recibida con una carcajada general.

—¿Irán al funeral?

—¿Habrá funeral? No conozco a nadie que vaya a ir ¿Y si lo echamos a suertes para reunir un grupo de voluntarios?

—Yo iría si ofrecen almuerzo.

Más carcajadas secundaron las palabras de aquel hombre.

—Yo iría. Por supuesto, no guardaría luto, pero iría por esos momentos que nos detuvimos a charlar de negocios.

Los hombres se dispersaron y el espíritu guio a Scrooge a otro lugar. El viejo Ebenezer conocía a aquellos hombres, varias veces se habían reunido para organizar negocios y discutir el mercado. Los estimaba, por supuesto, solo desde el punto de vista de los negocios.

—¿Cómo estás? —dijo un hombrecillo humilde a otro. Scrooge salió de sus meditaciones para observar la nueva escena que le mostraba el Espíritu.

—Bien, mejor que bien. El viejo diablo ha muerto.

—Eso me dijeron. En plena Navidad.

—Hace frío ¿verdad? —El primer hombre cambió de tema con rapidez.

—Es normal para estas fechas ¿Me acompañas a patinar?

Y así quedó olvidada la muerte del hombre del cual hablaban. Scrooge no entendía las razones que tenía el Espíritu para mostrarle aquellos hechos. Quizás en aquellas imágenes se ocultaba una enseñanza importante.

Visitaron un barrio de mala muerte, un lugar lleno de borrachos, ladrones y estafadores. Allí en una esquina se alzaba una inmunda tienda de segunda mano y en su escaparate se inclinaba su criada.

—Es de buena calidad, cortinas con sus anillas —dijo al tendero.

—¿Las arrancaste cuándo aún estaba el cuerpo? —inquirió el hombre sin dejar de estudiar la tela que la mujer le mostraba.

—Pfff, hasta le quité la camisa y la cambié por una vieja ¡Pretendían enterrarlo con una camisa nueva! —Sacó de su bolso una camisa blanca perfectamente doblada—. Así que debes pagarme muy bien por ella.

—Que tanto cuidó sus cosas para ahora quedarse sin nada después de muerto.

—Era un viejo tacaño. Si hubiera sido una buena persona alguien habría estado a su lado mientras daba su último aliento ¡pero no! Era yo la única que estaba en casa.

Scrooge torció el gesto. Despediría a la terrible mujer en cuanto tuviera oportunidad ¡Robar a uno de sus patrones! ¡Podía estarlo robando ahora mismo! Y fue entonces que una terrible conclusión llegó a su mente:

— ¡Espíritu! Ya lo entiendo ¿Es el destino de ese pobre desgraciado el que me espera si no cambio?

El Espíritu del Futuro solo sacudió su mano. En instantes se encontraron en una lúgubre y fría habitación. Allí, solo, en una cama sin cortinas descansaba un cuerpo cubierto por una sencilla sábana.

—¡Espíritu, lo he entendido! ¡Por favor vámonos de aquí! —rogó Scrooge al ver como el Espíritu deslizaba la sábana que cubría aquel solitario cadáver—. Cambiaré, te juro que cambiaré. Por favor, por la paz de mi corazón, muéstrame si existe alguien en esta ciudad que sienta algo por la muerte de este pobre hombre.

El Espíritu inclinó su cabeza y señaló el camino. Aliviado, Scrooge emprendió el viaje a un sector humilde de la ciudad. Allí, en una pequeña casita una mujer aterrada interrogaba a su marido:

—Cariño, dime ¿Tienes buenas o malas noticias?

—Son malas, mi amor.

—¿No te ha escuchado? ¿Perderemos nuestro hogar? —inquirió la mujer con horror.

—No, Caroline. Tenemos esperanzas.

—¿Has conmovido su corazón?

—No, no se ha conmovido. Ha muerto.

En el rostro de Caroline se dibujó una sonrisa de alivio y agradecimiento, un instante después pidió perdón, pues no estaba bien alegrarse por la muerte de un ser humano.

—Me lo confirmó su propia criada. Justo cuando fui a verle para pedirle el aplazamiento de una semana que necesitábamos.

—¿Quién recibirá nuestra deuda?

—No lo sé, pero para cuando lo hayan hecho tendremos el dinero y aún si no lo tenemos, no creo que nos toque un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dormir con paz en nuestro corazón!

Los niños, que no entendían la preocupación de sus padres, si comprendieron su alegría y en instantes tenían el rostro iluminado y empezaron a saltar y a bailar a su alrededor.

La única emoción que el Espíritu de la Navidad Futura pudo mostrar a Scrooge por la muerte de aquel hombre era alegría y alivio.

—Por favor, Espíritu, quiero ver algo de amor por un muerto —pidió Scrooge—. Lo que me has enseñado me perseguirá por siempre.

El espíritu lo llevó por diferentes calles hasta llegar a una que ya conocía. Se detuvieron frente a la casa del pobre Bob Cratchit y allí frente a la chimenea encontraron a la familia reunida en silencio junto a la chimenea. Incluso los pequeños estaban tan quietos como una estatua, Peter leía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas con sus propios trabajos de costura, todos estaban ocupados y en silencio.

—Me duelen los ojos de tanto coser —suspiró la señora Cratchit—. Me lloran por la luz de la vela. Descansaré un poco, no quiero que su padre me vea así. Ya debe estar por llegar.

—No te preocupes madre, podrás recuperarte —dijo Peter—. Estas últimas tardes anda más despacio.

—Cuando cargaba a Tiny Tim caminaba de prisa —dijo uno de los pequeños.

—Es cierto —apuntó Martha.

—El pesaba poco y su padre lo amaba mucho. Así que no era una carga para él.

La puerta de entrada se abrió con lentitud, allí en el umbral estaba Bob, demacrado, con los ojos apagados y una triste sonrisa en los labios.

Sus hijos y esposa salieron a su encuentro, pero su dolorosa expresión apenas y se iluminó.

—Padre, no te preocupes, no tienes por qué estar triste —dijeron los más pequeños y Bob esbozó una sonrisa solo para ellos.

—Tu bordado está quedando precioso. Estará listo para el domingo. Le prometí que lo visitaríamos —dijo Bob con la voz rota—. Te encantará ese lugar, es verde y tranquilo. Lo visitaremos cada domingo. —Bob perdió todo control y sollozó—: ¡Ay mi niño! ¡Mi pobre niño!

—Espectro, por favor, nuestro tiempo juntos ha llegado a su fin —dijo Scrooge con voz agotada—. Solo tengo una duda, estoy seguro que conozco su respuesta, pero quiero estar seguro ¿Quién era el hombre muerto que vimos?

El Espíritu agitó su oscura capa, y antes que Scrooge pudiera comprender la magia que poseían los espíritus, llegaron a un cementerio. Allí, en una pequeña colina cubierta de césped verde estaba la lápida de Tiny Tim.

—Pobre Tim—susurró Scrooge. Luego, el Espíritu le señaló una lápida solitaria en un terreno nuevo y libre de césped.

Ebenezer se acercó con miedo a la lápida. En lo profundo de su corazón conocía la verdad, la triste realidad que ocultaba aquella sábana y que él ya conocía.

—Antes que lea esa fría loza, Espíritu, dime algo ¿Son estas las imágenes de un futuro inalterable o imágenes de un futuro que puede cambiar?

Por respuesta el Espíritu solo señaló con insistencia la lápida.

Scrooge suspiró y miró, allí, escrito en helada piedra solo se leía un nombre: EBENEZER SCROOGE.

—Oh no, no, no ¡No! ¿Era yo ese hombre en la cama? ¿Cuya muerte fue motivo de burlas, de robos y alegrías? Espíritu, por favor, dime que este futuro puede cambiar, dímelo —rogó de rodillas.

El dedo del Espíritu lo señaló a él y otra vez a la tumba.

—¡No! —Scrooge se aferró a la capa del espíritu—. Dime que puedo cambiar, dímelo, Espíritu. Cambiaré mi corazón, honraré los sentimientos de caridad y amor, cada año celebraré la Navidad ¡No! Cada día de mi vida. Por favor Espíritu, tú y tus hermanos me visitaron para ayudarme a cambiar ¿Qué sentido tiene entonces mostrarme un futuro imposible de cambiar?

La mano del Espíritu dejó de señalar la tumba.

—Juro que honraré la Navidad con todo mi corazón, ella y su espíritu vivirán siempre en mi corazón.

Y así, entre sus lágrimas y sollozos, Scrooge no fue capaz de distinguir que ya no abrazaba la capa del espíritu, sino las sábanas de su cama con dosel. Cuando por fin fue capaz de dejar de llorar descubrió que había regresado a su habitación y que la luz de un nuevo día invadía cada rincón.

el último de los espíritus

Desenlace Final

Scrooge miró con alegría a su alrededor. Ya no abrazaba el oscuro manto del espíritu sino las cortinas de su cama. Podía escuchar como los villancicos y risas de las personas llenaban la calle bajo su ventana.

Lleno de una gran energía el viejo avaro se asomó a la calle, llamó a un chico que pasaba por allí y le preguntó el día:

—Es Navidad —respondió el joven con cierto temor.

—¡Navidad! ¡Los espíritus hicieron su trabajo en una noche! —dijo para sí y luego se dirigió al joven— ¿Quieres ganarte unas monedas? Ve a la carnicería de la esquina y compra el pavo más grande que tengan.

Arrojó al chico una bolsa con monedas y el joven desapareció calle abajo a cumplir con las órdenes de Scrooge.

Era tal la energía y la alegría de Scrooge que sorprendió a cuantos lo conocían y lo veían transitar por la calle deseando feliz Navidad a quien se le cruzase. Incluso donó una bolsa de monedas a quienes cantaban villancicos.

—Ahora si ha perdido la cabeza —sentenció su criada al verlo reír y bailar sobre el hielo.

El niño regresó con el pavo y Scrooge rentó un carro para enviarlo a una dirección muy especial ¡Ya quería ver la cara de Bob cuando recibiera su regalo! ¡Era un pavo más grande que Tiny Tim! ¡Bob! Tenía que apresurarse si deseaba sorprenderlo.

Scrooge continuó su paseo por la ciudad, buscaba a aquellos dos amables trabajadores de la benevolencia. Pronto los encontró y sin decir mucho dejó en sus manos un fajo de libras.

—Pero señor Scrooge, esto es…—tartamudeó el pobre funcionario—. Es muchísimo dinero.

—Es menos de lo que debo—susurró Scrooge con humildad—. Espero que me alcance la vida para pagar todos mis errores.

Luego de este encuentro el viejo Scrooge visitó una juguetería, posteriormente se dirigió a la casa de su sobrino, donde fue recibido con abrazos cálidos y palabras de sorpresa. Los jóvenes de su familia lo recibieron con amor y calidez y lo invitaron a sus juegos tal y esta vez pudo disfrutar de ellos en carne propia y no como un compañero del Espíritu de la Navidad Presente. Pese a la fiesta y a la diversión, Scrooge se excusó y abandonó la celebración temprano, había un lugar que debía visitar.

Cargó la bolsa con juguetes hasta el barrio pobre en el cual vivía Bob y aún sobrepasado por la alegría de la Navidad decidió jugarle una broma. Borró toda sonrisa de su rostro y golpeó la débil puerta con fuerza.

Bob destrabó el pestillo y su expresión de júbilo navideño murió en un instante al ver a su amargado jefe detrás de la puerta.

—¡Señor Scrooge! Que sorpresa verlo por aquí. No sabía que vendría ¿Cómo sabe dónde vivo? —Bob no sabía qué pensar, pero era evidente que el señor Scrooge no estaba de buen humor.

—Vengo a comunicarte algo muy importante—rugió Scrooge frente a toda la familia—. Es un absurdo que me obligues pagarte el sueldo de un día que no trabajas.

—Pero señor, es Navidad —rogó Bob temiéndose lo peor.

—¡Has sido el mejor empleado que he tenido en años! ¡Trabajas diligentemente y en las peores condiciones! Por eso mi querido Bob —Scrooge dejó de gritar y cambió su tono a uno más suave y cordial—. Quiero hacerte mi socio y te subiré el sueldo.

—¿Qué? —Bob no cabía en sí de su asombro. Su esposa lloraba de alegría junto a la chimenea y los más pequeños viendo la alegría de sus padres se atrevieron a acercarse al viejo ogro. Pronto descubrieron los juguetes.

—¡Juguetes! —exclamó Tiny Tim.

—Para todos ustedes —aseguró Scrooge mientras levantaba en brazos al pequeño Tim—. Si me lo permiten, quisiera ser un apoyo para esta familia y no el ogro que todos conocen.

—Esto debe ser un milagro de Navidad —dijo la señora Cratchit.

Y a partir de ese día Scrooge cambió y cumplió todas sus promesas. Donó mucho dinero a la beneficencia. Hizo a Bob su socio y su amigo. Se convirtió en el mejor hombre que Londres pudo conocer. Algunas personas malintencionadas se reían de su cambio, pero él las ignoraba, pues había sido lo suficientemente sabio como para entender que su vida debía dar un cambio y que la risa es la antesala a buenas acciones, al menos, si esas personas de risas maliciosas decidían cambiar. A él le bastaba con sentir su corazón ligero y feliz.

Se dice que Scrooge fue uno de los pocos hombres del mundo en mantener el espíritu de la Navidad vivo en su corazón durante todo el año. Se convirtió en ejemplo de otros y en sus labios nunca faltaron las sabias palabras de Tim: ¡Que Dios nos bendiga a todos y a cada uno de nosotros!

el desenlace final

Personajes del Cuento de Navidad de Dickens

Este hermoso cuento de Navidad de Charles Dickens que te presentamos en Frases.Top cuenta con muchos personajes interesantes que cumplen papeles fundamentales en la obra y que a través de ella nos regalan grandes enseñanzas:
personajes del cuento de navidad de dickens

  • Marley: era el socio de Scrooge, un hombre avaro y de corazón frío que pasó su vida entera acumulando riquezas mientras oprimía a los pobres al practicar la usura. Nunca fue amable con nadie y nunca ayudó a los más necesitados. Luego de su muerte fue castigado por sus propias culpas y su ceguera, teniendo que cargar las cadenas de sus pecados y su ambición. Sin embargo, decidió realizar una buena obra y ayudar a Scrooge a evitar un destino como el suyo.
  • Sobrino de Scrooge: es un buen muchacho, alegre y desprendido. No tomó en matrimonio a una mujer rica y su vida es austera, sin embargo, su corazón es noble y desprendido. Invita a su tío a la cena de Navidad y acepta de buen grado sus reproches a la par que comparte con él sus opiniones sobre la Navidad. Es hijo de Fan, la hermana fallecida de Scrooge.
  • Fan: es la hermana de Scrooge, brillante, de corazón bondadoso, siempre abogó por Scrooge ante su padre para permitirle disfrutar de una Navidad en familia.
  • Belle: era la prometida de Scrooge, él le rompió el corazón al darle la espalda y amar más el dinero que la sinceridad del amor que ella le profesaba.
  • Fezziwig: era el antiguo jefe de Scrooge y no por ello era un avaro. Gastaba su dinero de buen grado para hacer felices a sus trabajadores y sus familias, a sus amigos y a toda aquella persona que él amara o conociera.cuento de navidad de Charles Dickens
  • Bob Cratchit: es el escribiente de Scrooge, solo gana quince chelines a la semana y tiene una familia numerosa que mantener. Es un hombre de buen corazón y espíritu, agradecido con su jefe incluso aunque este lo mantenga en la miseria debido al escaso sueldo que le paga o le obligue a trabajar en pésimas condiciones.
  • Tiny Tim: es el hijo más pequeño de Bob, sufre de problemas en las piernas y esta malnutrido. Es de corazón noble como su padre.
  • Espíritu de la Navidad pasada: es representado como una luz incandescente, la llama de una vela surge de su coronilla y tiene el rostro de un niño y de un hombre mayor a la vez. Lleva un matacandelas en una mano. Es afable y muestra a Scrooge las situaciones del pasado que le llevaron a convertirse en el hombre cruel que es ahora.
  • Espíritu de la Navidad presente: puede definirse como un San Nicolás o Santa Claus gigantesco. Disfruta de la comida y las fiestas navideñas y reparte el espíritu navideño allí donde va, dejando mucha más alegría en los hogares de los pobres que en los de los ricos.
  • Espíritu de la Navidad futura: se le representa como una figura espectral que no habla, solo señala con su huesudo dedo lo que desea que Scrooge aprenda del futuro. Puede ser interpretada como el espíritu de la muerte.

Vídeo del cuento de Navidad de Charles Dickens

Y ya por fin finalizamos, solo espero que este cuento de Navidad de Charles Dickens que te hemos resumido en Frases.Top te haya gustado. De ser así, solo recordarte que puedes compartir y seguirnos para ayudarnos a seguir con nuestra Comunidad, así como te invitamos a ver nuestra categoría repleta de cuentos de Navidad cortos, así como la sección principal de cuentos cortos. ¡Hasta pronto!

Actualizado el 16 de junio 2020

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